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  • Foto del escritorEdith González

El territorio también se defiende en las ciudades: sus defensores nos cuentan cómo

-La crisis de salud pública que vivimos bien podría reducirse haciendo jardinería comunitaria, cuidando de árboles y plantas, distrayendo la mente al tiempo que se aprende de la naturaleza y se mejoran los espacios públicos.


-Hay más mujeres en la defensa del territorio y ¡no!, no es que las mujeres tengan un ‘instinto del cuidado’ es simplemente que toman acción más rápido que los hombres .

Por los efectos positivos que las áreas verdes y toda la biodiversidad que albergan, tienen en la salud y psique de las personas, no es menor afirmar que la crisis de salud pública bien podría reducirse visitando un parque, un jardín o mejor aún: cuidando de árboles y plantas, haciendo acciones de jardinería comunitaria y fomentando los espacios verdes en nuestras viviendas. Ilustración elaborada por Mauricio Labastida (@MaoPentagram) para Ecosmedia.


Para nadie es una novedad que con la pandemia de COVID-19 y el confinamiento obligatorio en los hogares, a nivel familiar e individual se han disparado los niveles de estrés y otros problemas de salud mental, de violencia de género y de rupturas familiares de todo tipo. De hecho, ya se acuñó el término coronafobia, que se entiende como un miedo o ansiedad intensa y desproporcionada a infectarse con el coronavirus y que lleva a la persona que la padece a limitar en extremo su vida, y con ello incrementar los problemas emocionales, psicológicos y psiquiátricos, y así en un eterno círculo negativo no sólo para el que la padece, sino también para familiares y amigos.


Al ser un problema relativamente nuevo, la comunidad médica aún está ajustando su definición de acuerdo con las recomendaciones establecidas en la última edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM-5) de la Asociación Americana de Psiquiatría, en la cual se propone desarrollar instrumentos de evaluación para un correcto diagnóstico tal es el caso de la Escala de Fobia COVID-19.


Tampoco es una novedad que, en medio de la crisis sanitaria y económica, los gobiernos de todo el mundo estén haciendo muy poco para atender los padecimientos mentales. El más reciente Atlas de Salud Mental, publicado cada tres años por la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2021) señala que en el 2020 solo el 52% de los 194 Estados Miembros cumplieron la meta de contar con programas de promoción y prevención de la salud mental, muy inferior a la meta comprometida del 80%, cuando, en el 2013 y nivel mundial, se aprobó el Plan de Acción Integral sobre Salud Mental de la OMS con fecha al 2020 y que por razones de coyuntura se ha extendido el plazo al 2030.

Al respecto, el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, declaró “Es sumamente preocupante que, a pesar de la evidente y creciente necesidad de servicios de salud mental, que se ha agudizado aún más durante la pandemia, las buenas intenciones no se estén cumpliendo con inversiones”.


Esperar a que fluyan las inversiones gubernamentales para atender la ansiedad, el estrés, la depresión o la angustia es una solución; otra es voltear a ver la naturaleza y ayudarnos de sus efectos relajantes. Contar con áreas verdes en las ciudades, como parques, jardines y pequeños bosques, permite calmar la mente, restaurar el espíritu y serenar las emociones. Así lo confirman varios estudios científicos a nivel global y lo constatan, por experiencia propia, decenas de mujeres y hombres que a nivel local están transformando sus territorios para crear o defender parques, jardines y huertos en beneficio de su comunidad, principalmente infantes y personas mayores.


1. De basurero a parque


Generalmente las zonas urbanas más deseadas por las empresas inmobiliarias son aquellas que gozan de abundante naturaleza, con árboles, riachuelos y mucha vida silvestre, así como las cañadas, colinas o barrancas, sitios que por su orografía obligan a diseñar viviendas creativas, ‘de autor’, con privacidad garantizada por su difícil acceso, hermosos paisajes naturales y disponibilidad de agua en cualquier momento por el cruce de algún rio, por tanto, más costosas. Justo así es la zona sur poniente de la Ciudad de México, donde vive la maestra Alicia Torres San Juan, sitio que en el nombre lleva su cruz: Colinas del Sur.

Luego de varias décadas de pelear jurídica y socialmente a inmobiliarias y gobiernos locales por la barranca Mixcoac (parte de un cinturón boscoso e hídrico muy importante para la Ciudad de México y en general para la región central del país), vecinos y vecinas de la zona, organizados por la maestra Alicia, logró hacer realidad su sueño: proteger la barranca de las constructoras, restaurar el ecosistema boscoso conformado principalmente por oyameles (Abies religiosa), crear un parque local y fortalecer a la comunidad.

Ese sueño se llamó Parque Ecológico Colinas del Sur, un Área de Valor Ambiental cuya superficie de 2.7 hectáreas posee una pista para correr, aparatos para hacer ejercicio, un pozo de agua, salón de eventos, módulos de vigilancia, iluminación y actividades ambientales como jornadas de limpieza, de reforestación y de educación ambiental.


Superstición superada


La pelea por tener un parque vecinal no fue nada fácil. Desde que fue inaugurada la colonia -a mediados de la década de los setenta-, la comunidad de Colinas del Sur nunca dejó de pedir la creación de un parque. Nadie les hacía caso, puesto que el valor del suelo en este tipo de sitios naturales está considerado de alta plusvalía, destinado a la vivienda de alta gama. En espera de ‘tiempos mejores’, durante más de treinta años las autoridades locales prefirieron clausurar la barranca en lugar de atender a la comunidad, aunque ello significara que durante más de 10 años la barranca fuera usada como tiradero clandestino con la consecuente contaminación de sus afluentes hídricos.


Harta de la espera y la creciente contaminación del lugar, la maestra Alicia vió en la nueva Ley de Participación Ciudadana del Distrito Federal (LPCDF 1998) una ventana de oportunidad. Con el cambio de gobierno en la ciudad, donde luego de 70 años la población volvió a elegir democráticamente a su jefe de gobierno (el izquierdista Cuauhtémoc Cárdenas), nuevos modelos de participación ciudadana se implementaron. Entre ellos los Comités Vecinales, órganos de representación vecinal constituidos por elección libre y directa en cada colonia.


La maestra Alicia quedó como representante de su colonia varias veces y poco a poco fue puliendo la petición de hacer de la barranca Mixcoac primero un área protegida y luego un parque. Trabajo que se consolidó gracias a dos nuevos programas gubernamentales de apoyo comunitario: el Programa de Mejoramiento Barrial y el Presupuesto Participativo. El primero lo ganaron dos veces (2013 y 2014) y el segundo cinco veces (del 2011 al 2015), con los recursos obtenidos en cada la comunidad pudo darle forma al parque.

Trece años después, cientos de juntas de trabajo voluntario, reuniones con su comunidad y autoridades locales, rindieron fruto: en 2012 se declaró oficialmente a la barranca Mixcoac como Área de Valor Ambiental y un año después, en el 2013 se inauguró el Parque Ecológico Colinas del Sur. Nada de que el 13 es de mala suerte, al menos no para Alicia ni para su comunidad.



2. David contra Goliat


Algo similar le sucedió a Adriana Bermeo, habitante de la popular colonia Reforma Social, asentada igualmente en una barranca de la alcaldía con mayor plusvalía de la ciudad. En este caso la historia es diferente: el parque ya existía, pero lo iban a destruir para construir edificios.

Luego de 65 años de funcionar como parque vecinal, el terreno del Parque Reforma Social de 34,000m² fue reclamado en el 2010 por un particular.

En una controvertida decisión, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) determinó entregar el área verde al supuesto dueño, ignorando que el predio fue adquirido por el Gobierno del Distrito Federal al particular en 1946. Fue entonces que empezó la defensa por el parque a través de movilizaciones sociales, campamentos, juicios legales, rastreo de documentos, reuniones vecinales y un sinnúmero de actividades recreativas y educativas en el parque para sumar apoyos.

Adriana Bermeo López, usuaria de toda la vida del parque y para entonces convertida en madre de tres pequeños, dedicó cuerpo, alma y experiencia, pues es geógrafa, a la defensa de un espacio tan simbólico en esa alcaldía, punto de convergencia de la desigualdad nacional. El parque atraviesa dos colonias contrastantes, una rica, otra pobre: Lomas de Chapultepec y Reforma Social.


Al igual que la maestra Alicia, la pelea por defender el parque no fue nada fácil. Adriana y sus vecinas y vecinos creyeron que al ser el municipio con mayor calidad de vida, en parte debido a que es también el que posee el mayor número de áreas verdes por habitante, el apoyo de autoridades locales iba a fluir rápidamente, no fue así. Cansados de las promesas y desinterés de las autoridades locales por la defensa del parque, la gota que finalmente derramó el vaso fueron las elecciones políticas del 2012 para renovar cargos públicos: luego de 15 años de elegir a representantes del partido de derecha, ese año la alcaldía dio un giro hacia la izquierda.

Finalmente, en mayo del 2019 se publicó una sentencia que reconoce y ratifica el uso de los terrenos en disputa como área verde, quedando así protegido el Parque Reforma Social.


La felicidad y la difusión de dicha sentencia arrancó en el parque con reuniones entre la comunidad, su población más importante, quienes formaron un nuevo grupo vecinal de rescate de barrancas y áreas verdes del poniente. También se diseñó un amplio programa de actividades ambientales, para integrar a todas aquellas personas y organizaciones que apoyaron la defensa vecinal. Junio de 2020, fecha de aniversario de las movilizaciones, tenía que ser una fiesta en el parque pero, como si fuera una treta del destino, la vida cambió para todos con la llegada de la pandemia y el confinamiento obligatorio. Nadie se asomó por el parque en meses. La vida de Adriana también cambió, tuvo que mudarse de país con el dolor de abandonar su querido parque. Sin embargo, su esfuerzo ahí sigue, siendo disfrutado por toda al comunidad.


3. Voluntad inquebrantable


Caso contrario es el del señor Susano Ruíz Elías, otro ejemplo de la defensa del territorio urbano a favor del medioambiente, pero que ha luchado solo y a contracorriente para tener un ‘pedacito de verde’ como él mismo llama al parque que ha moldeado con más de 400 árboles y plantas de varias especies, entre ellos muchos árboles frutales como mandarina, zapote blanco, níspero, granada, durazno, zarzamora, mora, guayaba, capulín o higueras, además de flores como rosales, malvones, adelfas.

Aunque también se acercó a varios funcionarios locales de todos los partidos e ideologías buscando apoyo para rescatar el parque (que en realidad no es un parque propiamente dicho, se trata más bien de un camellón), al señor Susano en lugar de ayudarlo, casi lo demandan por ‘reubicar’ unos ladrillos colocados como piso para transformarlos en cajetes para retener el agua de sus nuevos arbolitos; también casi lo golpean por pedir que comerciantes ambulantes liberaran los pasos peatonales.

A pesar de esta y muchas otras malas experiencias con gente que veía con desconfianza la labor voluntaria de Susano -quien además no vive frente al parque, sino a una calle de distancia-, nunca desistió en su propósito de hacer de ese espacio un parque digno para caminar, apreciar y visitar. A la fecha esa meta está cumplida y superada, puesto que el parque ya es refugio de diferentes aves que con su trinar y sobrevuelo multicolor hacen que la gente, y sobre todo los niños y niñas, se olviden de sus problemas en casa, se diviertan y valoren la importancia de contar con áreas verdes.

Y tiene razón, en nuestra visita tuvimos que detener varias veces la entrevista para observar con atónita felicidad el espectáculo visual y auditivo brindado por las parvadas de periquitos monje, canarios, zanates, tortolitas y hasta el martilleo constante de un pájaro carpintero. (En otra ocasión hablaremos de la plaga en que se ha convertido el perico monje (Myiopsita monachus, en la imagen) en la capital y el impacto que su rápida reproducción y ausencia de depredadores, tiene en las especies nativas).


Jubilado, jardinero e investigador


Al igual que con la maestra Alicia, la pelea por tener un parque vecinal no fue nada fácil. Al señor Susano le costó ocho años llegar al punto en que las autoridades locales ‘ya respetan’ su labor en el Parque y Santuario de aves de la calle Oriente 237, en la colonia Agrícola Oriental, sin embargo en el Inventario de Áreas Verdes 2017, elaborado por la Secretaría del Medio Ambiente de la Ciudad de México aún no lo reconocen como un área verde, ello a pesar de que la alcaldía donde se ubica, al oriente de la ciudad, es de las que más carecen de este preciado patrimonio natural y de las que más se están gentrificando desde hace unos años.


Dicen -aunque no nos guste- que hay que aprovechar la oportunidad política para hacer cambios, y es cierto. Susano vió en el cambio de régimen de gobierno -esta vez en el 2018, veinte años después que la maestra Alicia Torres-, una nueva oportunidad para el parque. Casi fue una casualidad que una funcionaria del nuevo gobierno le comentara qué debido al incremento de construcciones para la vivienda en la zona, las inmobiliarias, por ley, debían realizar acciones de compensación ambiental, que investigara si podrían apoyarlo. Y así fue. Susano empezó a indagar hasta que logró que una inmobiliaria colocara una cerca protectora y donara algunas plantas.


Al ver estos avances y el cambio en la colonia, el apoyo por parte de los vecinos empezó a fluir con mayor facilidad, aunque sólo con la donación de plantas y algunos materiales, muy poco trabajo duro en el parque: limpiando, haciendo cajetes, regando. Aún así, la voluntad de Susano no falla: con sus 79 años a cuestas, su discapacidad auditiva y su afección pulmonar por haber trabajado más de 30 años en una planta química, cada tercer día carga en sus delgados hombros una manguera de 25 metros de largo y mayor peso que el suyo, para regar árboles, plantas y flores del parque que con paciencia y dedicación ha sembrado, plantado, trasplantado y cuidado con paciencia y esmero.



Proteger la tierra es proteger la mente


La salud emocional, psicológica y psiquiátrica de infantes y adolescentes en México ha empeorado en el transcurso de la pandemia, siendo los principales síntomas estar muy triste o con falta de ánimo, estar agresivo o terco o comer en exceso/perder el apetito. Así lo revelan los resultados de la Encuesta de Seguimiento de los Efectos de la COVID 19 (Encovid-19 Infancia 2020-2021), desarrollada por la representación en México de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y la organización EQUIDE Investigación con Impacto Social. Estas cifras, sumadas a las globales presentadas al inicio de este artículo, son aterradoras para cualquier persona, madre/padre de familia, personal de salud o de administración gubernamental, es una creciente bomba de tiempo para la salud pública.


Por los efectos positivos que las áreas verdes y toda la biodiversidad que albergan, tienen en la salud y psique de las personas, no es menor afirmar que la crisis de salud pública derivada de las actuales crisis de salud, económica, ambiental, social, bien podrían reducirse visitando un parque, un jardín o mejor aún: cuidando de árboles y plantas, haciendo acciones de jardinería comunitaria y fomentando los espacios verdes en nuestras viviendas. El punto es distraer la mente de los problemas y afecciones que nos aquejan, al mismo tiempo que aprendemos de la naturaleza, mejoramos los entornos y, con el uso de esos parques, camellones y demás espacios verdes urbanos, agradecemos la defensa que durante años decenas de mujeres y hombres han emprendido para que toda la población, en general, tenga un patrimonio natural necesario, digno y disfrutable.



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